jueves 4 de junio de 2009

Vidas de porcelana


“No sé si otra cosa puede relacionarse tanto con matar a alguien. Al menos siempre lo sentí así, desde esa mañana, cuando ante las primeras luces del día enfilé para mi casa con un tranco pesado de condenado. Creo que la noche transforma, propicia la metamorfosis.
Durante el día no somos más que normales, tipos con vestiduras más o menos comunes, ordinarias y típicas. Pero cuando brota la luna en el cielo emerge una sed imperiosa de cometer algo que rompa con el silencio del tiempo, que nos haga más perfectamente mortales. Que modifique la quietud, el orden establecido, esa inercia que instala el día. Recuerdo que apenas salí de aquel tugurio de mala muerte, respiré con liviandad como quitándome una chaqueta de plomo.
Por un rato no tan extenso, pude valerme de esa sensación pura y genuina del logro espiritual. Pero al cabo de un tiempo minúsculo, cuando se enciende la transición, comprendemos que hemos sido criminales, que hemos actuado con desdén, en un extraño exorcismo del alma”, escribió con una caligrafía no tan impecable el Dr. Julio Mansilla Torres en un cuaderno de notas que religiosamente transportaba en su portafolio de trabajo, en el ágora de la tardecita mientras tomaba un café solo, con una barba grisácea inusual, en un bar cuyo ventanal de vidrios despejados daba a la plaza principal.

Escribía y frenaba en pequeños intervalos para sobarse las manos temblorosas. No sé qué era, quizás un descargo, o deshollinar para captar una idea general que pudiera categorizar sus actos. Julio siempre pasó los hechos por el cedazo de la razón, como buen hombre de leyes, como discípulo y peregrino de la ilustración francesa. Sin embargo desde aquella noche fría de mayo, sus juicios comenzaron a desencajarse, a toparse con los instintos, y lo que era peor aún: con la tortura personal de haber matado a alguien.

“Entré rápidamente, cegado por el deseo, y la elegí entre siluetas achacadas y marchitas que desfilaban por un pasillo de cemento con olor a cigarrillos apagados y sahumerios marinos. Era distinta y hermosa. Tenía la cara blanca y redonda como una muñeca de porcelana. Su altura rondaba el metro sesenta, con tacos de aguja y un escote prominente donde irrumpían sus senos como pequeñas y redondeadas colinas blancas.
No pude dejar de mirarla, creo que cuando me habló con su voz aflautada, de niña en proceso de pubertad, me quedé pasmado de placer en el sillón de cuerina. Soy Mara dijo entre dientes, con un gesto miedoso de cachorro huérfano, mientras la madame Silvia vigilaba con ojos de águila desde la puerta de la cocina”.
El doctor no vaciló. Con movimientos apresurados y la respiración agitada llamó rápidamente a la madame y le indicó que pasaría con la más jovencita. La muñeca de porcelana y pechos como pequeñas colinas blancas, que lo deslumbró al atravesar esa cortina escocesa que dividía la cocina del living en un tugurio de luces violetas y olores nauseabundos.

Aquella noche marcaría una fisura en el porvenir del Dr. Julio Mansilla Torres. Hombre acaudalado y pulcro, padre de dos hijos adolescentes, marido de ama de casa, dueño del estudio jurídico más importante de Bahía Blanca. Pero simultáneamente aquella noche otoñal sería inolvidable para Mara Rossi: la niña de doce años que tendría su primera relación sexual con un letrado de traje y corbata, en una pieza sin ventanas del cabaret clandestino donde su tía Marta la obligó a entrar para que en su mesa no faltara comida.

El viento golpeaba los postigos de las casas en la noche del martes, zumbaban motores de autos a algunas cuadras y de vez en cuando algún ladrido quedo de perros callejeros. El resto era un absoluto silencio, el sosiego tradicional de un día laboral en una ciudad con engranaje de pueblo. Mara se quitó la remera con torpeza, enredándose en los rulos y sacudiendo bruscamente la cabeza. El doctor la aguardaba en la cama, sentado, con su corbata floja, descalzo y la mirada fría de un asesino a sueldo.
“No podía sacarle la vista de encima. Nunca imaginé que una niña pudiera provocarme un placer sin límites, capaz de inmovilizarme, capaz de sacar lo más absurdo. Contemplé su desnudez, hasta que me saqué de quicio y la traje conmigo. La abracé y la besé con vehemencia, con rudeza. Mientras ella más se aterraba, más me excitaba. Creo que en algún momento la oí gritar e insultarme. Creo que también la vi temblar de miedo, erizarse de purísimo miedo y rasguñarme la espalda con sus uñas filosas hasta lastimarme. Sin embargo nada trabó el frenesí, ni esa lujuria despiadada de absorberla, de apoderarme de su cuerpo, descubrirlo entero hasta sentirlo como una mera extensión del mío”.

Olor a sexo, humedad y sangre se mezclaron en ese perímetro de tres metros al cuadrado en apenas media hora. Julio terminó echado boca arriba con la mirada posada en el techo, donde colgaba paradójicamente una virgencita de Luján fluorescente por el reflejo de las luces violetas y la mismísima oscuridad. Mara, se acurrucó en posición fetal, inmóvil, con los ojos hinchados, las nalgas mutiladas y un hilo de sangre caliente cayéndole de la comisura de los labios. Apenas jadeaba y balbuceaba insultos al aire. Le pedía que se fuera para siempre de esa pieza inhóspita.El doctor fumó pacientemente, se vistió, le arrojó un fajo de dinero y se marchó con un portazo rudo que sonó como un trueno. Un punto y a parte estruendoso, un tiro de gracia para alguien.
Luego salió silencioso, con el traje sobre el hombro derecho, el flequillo hacia un costado, una mueca congelada en su rostro y esa primera sensación de felicidad maldita, de haber fulminado el hambre pero vorazmente, como una hiena que devora buitres podridos en la tierra.

“Sin embargo en una hora, el efecto anómalo del sexo no correspondido se esfumó para convertirse en una imagen tétrica de una niña que llora sin cesar. A veces me asusta, otras me vuelve a provocar un placer infinito que no logro domesticar. Pero, en realidad, no se quién no lo logra domesticar. Si yo, o el doctor. Si quien escribe esta carta, un sujeto más bien oscuro, con una barba rala y letra dispersa, o ese doctor del estudio que no deja nada librado al azar. De a ratos pienso que la maté y por eso persiste casi fantasmalmente en mi cabeza. Pero de a ratos pienso que el Doctor murió y por eso intento escribir algo que lo pueda devolver al mundo de los reales” concluyó Julio con letra aún más torcida. Cogió su saco y se marchó sin pagar del bar, rumbeando para un lugar que no era su casa. Caminando solo, rascándose la barba, y con esa extraña sensación de que alguien, de los suyos, de su mundo, había muerto súbitamente.

Por Matías Kraber

miércoles 8 de abril de 2009

Marchando con Jeites

Desconozco el resultado semántico del significante "Jeites". Tal vez sea el producto de combinaciones de letras o esas palabras que arroja el inconsciente cuando se trata de ponerle rótulo a algo. Si la opción es la segunda, el significado no tardó en consolidarse, en efectuarse, al unísono de su gran marcha: esa incursión en el exquisito mundo de la música. Hoy, mencionar Jeites es referirse a una banda nacida en el mar y bajo la influencia casi fundamental de la música oceánica: el reggae. Jeites es una ecuación compleja, una sumatoria de factores: un nutrido crisol de estilos musicales con una prolijidad armónica en la hibridación de voces, teatralización en vivo, más letras de una simpleza que hablan de lo cotidiano, mediante jergas juveniles y metáforas lúcidas. Son casi una familia más amigos. Música que habrá surgido como juego, como herramienta para domesticar el tiempo y seguramente como una herencia del linaje. Un grupo de cinco integrantes jóvenes, que pudieron bucear en las alternativas o variantes de instrumentos convencionales para sonar distinto en el griterío ensordecedor de bandas y grupos que claman por un lugar sagrado en el ámbito mezquino de la música popular.Componen todo, lo que ofrece un rasgo peculiar en cualquier grupo moderno. Donde abunda el cover, las sombras y las mímesis con líderes de todos los tiempos para poder disponer de público que asista a los espectáculos o atinen a comprar un disco; ellos prefirieron su camino, ser corderos de su destino, inventarse solos, generar su impronta, ser peregrinos. Un estilo que proviene de tantos otros. Lógicamente el carácter dialógico del tiempo y el lenguaje establecieron contacto, conectaron sus cables con antiguas creaciones, consultaron las biblias de la música para luego tomar pedazos, fragmentos y estrofas. Por lo mismo cuando uno escuche Jeites, escuchará Reggae, Country, Folk, Rock y algo beatle que siempre aparece a trasluz, que te traslada por instantes al vagón de la emblemática banda de Liverpool. La lista de canciones destacadas es numerosa, pero puede abreviarse en: Si vos querés, Hola Hola, La Marcha, Down the Valley, My Girl, Margarita, Bienvenida; entre otras que trascienden las barreras idiomáticas todo el tiempo, se funden el castellano con el inglés en un simple abrir y cerrar de ojos. Hoy disponen de un puñado de canciones de su autoría que prontamente florecerán en su primer cd, y aparecen en escena frecuentemente por La Plata, Mar Del Plata y Capital Federal. No cesan de escribir, de componer, porque intuyen que el camino es largo y esto recien es un prólogo con fuerza. Cantan lo que quieren y no los van a parar, cantan lo que sienten y no los van a callar, porque ya es tarde, porque esta es su infinita y maravillosa Marcha... tal como reza una de sus grandes canciones.


Por Matías Kraber

domingo 22 de febrero de 2009

Sueños violentos




No sé cómo arrancó la conversación pero hablábamos como si nos conociéramos de toda la vida. Los principios son, muchas veces, menos recordados que los finales, ¿Será por eso que hay tantas historias que no terminan de ser comprendidas? Lo cierto es que ese extraño hombre que tenía enfrente de tan extraño me resultaba familiar. Lo sentía, de algún modo que no puedo precisar, como alguien cercano y confiable con el que se podía dialogar con la misma intimidad con que se monologa con uno mismo. No parecía ser mucho mayor que yo, tendría unos treinta años, pero cierto aire melancólico envolvía su figura y lo hacía parecer más viejo. Su barba descuidada y el pelo enmarañado le sumaban abandono a su, ya de por sí, deshilachada imagen. Estábamos en un bar pequeño en las afueras de la ciudad que bien podría pasar por tugurio sin temor a caer en confusiones; un par de mesas, mucho humo y poca luz le daban una presencia sórdida y de ensueño al lugar. Tampoco sé bien cómo llegué a un sitio semejante, no era de frecuentar bares y mucho menos beber más de una copa; en aquel momento acababa de pedir mi segunda cerveza cuando el tipo, no sé si de la nada o con una introducción previa que no recuerdo, comenzó su historia:
Al principio no me preocupé. A las tres semanas de estar casados nos fuimos con mi esposa a visitar a sus padres a Mar del Plata. Era febrero y desde que habíamos vuelto de la luna de miel no habíamos tenido un día de descanso, ya sea por nuestros respectivos trabajos en el consultorio o por amigos que deseaban ser agasajados por la nueva pareja de psicólogos o por detalles del hogar que no podían esperar a mañana para dejar de ser detalles. Guillermina era una mujer excepcional. Siempre llena de vitalidad, simpatía y un sentido del humor envidiable. Y era hermosa e inteligente. Muy inteligente, incluso mucho más que yo. Nos habíamos conocidos hacía cinco años en la Facultad; empezamos compitiendo un poco en el final de nuestras carreras para terminar traspasando dicha competencia al ámbito hogareño, previo noviazgo y puesta de consultorio en común. La verdad es que nos llevábamos de maravilla, pero en los últimos días, después de la luna de miel, ambos estábamos un poco estresados y decidimos, en feliz coincidencia, que un fin de semana en la costa nos relajaría un poco. El viaje fue tranquilo y en menos de cuatro horas disfrutábamos de la brisa marina y del ocaso cansino que se tomó su tiempo para que llegáramos a la escollera y la paz nos irradiara con su aura. Luego de una cena frugal con sus padres en el nuevo departamento, al que hacía unos días se habían mudado, nos dispusimos a descansar. La cama era de una plaza y había que compartirla puesto que mis suegros no habían previsto el detalle de que su hija fuera a venir tan pronto con su esposo. En fin, era una nimiedad y no tenía por qué ser un problema. Pero lo fue. En mitad de la noche un violento derechazo se incrusta en la suavidad de mi abdomen haciéndome gritar hacia adentro de dolor.
– ¿Qué hacés? – le digo, mientras la tomo por el hombro y se despierta.
– ¿Eh? – dijo, entre incrédula y dormida.
– Me acabás de pegar…
– Estaba soñando.
– ¿Y qué soñabas?
– No sé, tengo imágenes sueltas, aisladas.
– ¿Y por qué me pegabas amor, no te acordás?
– No sé; pero seguro que el golpe te lo merecés – dijo, y se dio media vuelta.
Al otro día no recordaba nada. Cuándo le conté la historia fiel a su costumbre se dobló de la risa y me dijo que me portara bien así no me volvía a pegar. En ese momento yo también sonreí, supuse que no había sido más que una simple anécdota del inconciente.
Dos semanas después, luego del cumpleaños de su hermana, borrachos de amor y champán, tuvimos sexo hasta terminar tendidos una encima de otro, extasiados, producto de esa mezcla de felicidad y cansancio que surge después de todo buen polvo. Inmerso en profundo letargo un dolor estomacal certero como un flechazo me hizo abrir los ojos y contemplar la oscuridad y sus estrellas. Rodillazos y patadas descontroladas me atacaban de manera defensiva como una mujer que se resiste a ser violada. No gritaba; yo apenas me quejaba, estaba tan confundido que aceptaba el castigo sin oponer resistencia. Al fin, pude sobreponerme y le di un par de leves palmadas en la cara.
– Amor, despertate – le digo, con la mayor dulzura posible.
– ¿Qué pasa…? – me susurra sorprendida.
– Otra vez soñabas, me dabas patadas y rodillazos como una loca…
– ¿Hey, qué me decís loca? Siempre lo mismo, provocás todo y te hacés la víctima. Me tenés cansada, dejame dormir querés.
– Pero Guille escuchame, estabas soñan…
– Basta Simón. Tengo sueño, mañana hablamos – me corta tajante y se duerme al terminar la frase.
Amanecí temprano y un poco molesto con el incidente de la noche. Guille dormía, así que fui a comprar el diario y unas facturas para el desayuno. El día era soleado y como todo domingo la ciudad parecía un pueblo . No se veían más que palomas. En el camino de regreso un chico de unos 12 años pasa a toda velocidad por mi lado con un arma en la mano y una bolsa en la otra; acababa de asaltar el supermercado de la esquina. Contrariado, sólo atiné a mirarlo. Apresuré mi paso y llegué a casa lo más rápido que pude: Guille me debía una explicación y una disculpa por lo de anoche. La encontré en el baño acomodándose el pelo. Estaba feliz, me dijo que era un bonito día y que por qué no íbamos al bosque a tomar unos mates y a leer y a disfrutar de la naturaleza. Le dije que sí y no le comenté nada de la golpiza. Parecía como que no se acordara de nada. Pensé que bueno, después de todo fue un sueño y seguramente me habló dormida. Es muy común, muchas personas caminan en sueños, emiten frases sueltas o conversaciones perfectas y al otro día olvidan todo como peces que diluyen sus recuerdos en el mar. Pero no; no estaba tranquilo. Su inconsciente se manifestaba con golpes y agresiones verbales de las que yo era tan culpable como el perro de sus pulgas. Encima, las pesadillas surgieron en las dos ocasiones en que mejor lo habíamos pasado desde que estábamos casados. Era extraño, no había motivos para que reaccionara o actuara de esa manera. El hecho de ser psicólogo y conocer los trabajos de Freud y, especialmente, de Jung hacía que la situación tomara otro matiz más allá de la mera superficialidad. Había un mensaje por interpretar. Ahora bien, yo no podía saber de qué hablaban sus sueños pues ella no recordaba nada al despertar. Una sesión de hipnosis me parecía lo más adecuado pero conllevaría el riesgo de que me tildara de paranoico; ergo, se pondría a la defensiva y sería más difícil dilucidar sus verdaderas intenciones. Cavilaba en la cuestión, no podía entender cómo el contenido manifiesto de su sueño se exteriorizara en una conducta tan amenazadora y llena de recriminación hacia mí. Es decir, si el contenido manifiesto está dado por las reminiscencias del día, las experiencias y los deseos reprimidos, ¿cómo era posible que cuando mejor la pasáramos se expresara de esa manera? Me era imposible encontrar el nivel simbólico porque no contaba con todo el sueño, sino con una pequeña parte, el resabio, en el que yo era el malo de la película. El significado, el contenido latente, me era velado por más que me esforzara y lo consultara con mis amigos, muchos de ellos también colegas. Lo que más me alarmaba era que yo siempre fui un ferviente defensor de Jung en lo que respecta al rol de la simbología onírica para interpretar el lenguaje de los instintos. En este punto mis temores crecían: Guille también era una apasionada entendida de Jung; pues bien: el método jungiano por excelencia para avanzar plenamente en la exploración del inconsciente es la imaginación activa. ¿En qué consiste este método? Consiste, básicamente, en un dejarse llevar, en un dejarse hacer psíquicamente, pero en un estado consciente de tal situación y asumiéndola intelectual y éticamente. ¿Se entiende, ahora, por qué crecía en mí un oscuro temor? La leve sospecha de que sus sueños fueran un campo abierto para indagar, con toda lucidez, acerca de sus obsesiones me asustaba tanto como me indignaba.
– ¿Amor en que pensás? –me dijo, al notar el nivel de abstracción en el que estaba sumergido desde que habíamos llegado.
–En nada Guille.
– ¿Cómo que en nada? Hace media hora que llegamos y no abriste la boca; estás con la mirada perdida y ni siquiera abriste el diario, ¿te pasa algo?
–A mí nada, ¿y a vos?
– ¿A mí qué?
– ¿A vos no te pasa nada?
–Simón amor, ¿por qué me va a pasar algo? Yo estoy bien; vos estás raro, desde que volviste del kiosco estás así, ¿En serio que no te pasa nada?
–No, estoy bien amor. Pensaba un poco nada más. Cuándo volvía del Kiosco un chiquito de unos doce años robó en el supermercado de los chinos de la esquina. ¿Qué locura, no?
Durante cinco días todo volvió a la normalidad. Ella hacía de cuenta que sus sueños no habían ocurrido y andaba más jovial que nunca. Yo, por mi parte, estaba demacrado. Por la noche casi no dormía en un esfuerzo de estar en atenta vigilia. Soportaba lo más que podía, pero al final el cansancio terminaba por vencerme. Esto me preocupaba, debía descansar durante el día para no dormirme a la noche porque ella me podría atacar en cualquier momento. Fueron verdaderos días de resistencia. Después del almuerzo siempre encontraba algún pretexto para escaparme del consultorio y me iba hasta la vieja pensión de don Osvaldo para tirarme un par de horas. La cosa no podía durar más, mis ojeras me delataban tanto como la pesadez de mis pies al caminar y el aumento de mi torpeza motriz. Ella se daba cuenta de todo, jugaba conmigo, me estudiaba, calculaba mi aguante y esperaba el instante oportuno para dar el siguiente paso. Su sonrisa, siempre simpática, dejaba, ahora, traslucir un brillo de malicia que me llevaba a desviarle la mirada en más de una ocasión. En esas ocasiones, ella fingía no entender nada y me preguntaba si estaba bien, si no me pasaba nada malo. Como si no lo supiera. Yo le seguía la corriente y le contestaba elusivamente. Le hablaba de cualquier cosa con tal de que ella pensara que tenía el dominio de la situación. Me decía que me veía mal, que me notaba raro y yo le decía que sí, que la inseguridad era cada vez peor y ya no se podía andar por la calle tranquilo, le decía que encima con esto de la inflación todo era más caro y cada vez había más pobres y más gente necesitada y que aumentaba la delincuencia y que adónde iba a parar todo esto. La farsa le gustaba; fingía estar tan preocupada como yo y me decía que no me hiciera tanta mala sangre, que no era mi culpa y frases por el estilo. Jugaba conmigo, ella era consciente de todo, no podía ser tan cínica. En esos momentos pensaba lo peor, ¿Hasta dónde pensaba llegar con ese asuntito de los sueños? ¿Si para ella yo era el problema, sería capaz de terminar conmigo? La palabra ruptura sobrevolaba con varias otras que referían al fin. ¿Qué pasiones dominan el inconsciente colectivo? ¿Qué se esconde en el rizoma que hace de la muerte uno de los fundamentos de la vida? ¿Es necesario que siempre la flor termine marchitándose? El ser humano dedica toda su vida en descifrar símbolos para llegar a la latente conclusión de que toda certeza está más allá de nuestro conocimiento. Sino, ¿cómo se explica que ella planeara borrarme, eliminarme de su vida y todo como parte de una gran terapia? Suena ridículo, lo sé, siempre son extrañas y risibles las explicaciones que no se sostienen con la más racional de las explicaciones. Pero era yo el que estaba viviendo todo el proceso por dentro, era yo quien había sido atacado en dos ocasiones mientras soportaba acusaciones fortuitas en la oscuridad que serían olvidadas y minimizadas con la mayor y más descarada naturalidad cuando el sol iluminara su cara…Era yo, a fin de cuentas, quien había sido constantemente estudiado, puesto a prueba en la más flagrante farsa en la que era atormentado de manera psíquica como un condenado a la silla eléctrica que cuenta los días de manera negativa. Mis nervios estaban al borde de una navaja afilada; nada podía hacer ya para disimularlo, había llegado a un punto en que era ella o yo. Pero usted me ve amigo – me dice el tipo refiriéndose a mí por primera vez en toda la noche –; ¿usted cree que yo puedo hacerle daño alguien? Uno de manera consciente nunca le haría daño a otro. Pero el inconsciente colectivo sí. El inconsciente colectivo que todos tenemos hace que dejemos de ser sujetos para convertirnos en objeto para todos los sujetos. Es todo lo contrario del yo, del ego. Esto, usted claro que lo sabe, no es idea mía: fue el mismo Jung quien lo postuló y fue esta una de las razones fundamentales de su ruptura con Freud. ¿Pero para qué le explico? A veces uno necesita hablar en voz alta para sentirse comprendido; aunque esté solo. La cosa es que yo no podía matarla; aborrecería y me arrepentiría de semejante acto por el resto de mi vida. No, no lo haría, pero el inconsciente colectivo suele ser cruel cuando gobierna de facto sobre pueblos sumisos. Así que me dejé llevar, lúcidamente, como un ciego por su lazarillo. Pasé toda la tarde, desde que salí del consultorio, recluido en la sucia habitación de don Osvaldo, concentrado en indagar mis pasiones, mis deseos reprimidos, mis experiencias claves. Estuve horas en ese estado de sumergimiento interno; luego, miré la cuchilla fijamente para que la reminiscencia fuera letal. Llegué a casa y Guille me esperaba con la comida. Me preguntó de dónde venía y pareció conformarse con mi mentira. Esa noche fue el día más feliz de mi vida. Me sentía liberado de un gran peso y en la cena me mostré con una jovialidad que Guille nunca me conoció; nos reíamos de cualquier cosa y nos besábamos con la tibia humedad de los besos perennes. Ella me decía que le ponía muy feliz verme tan bien y que me amaba. Yo también la amaba, y se lo dije. Hablamos mucho esa noche, creo que nunca nos conocimos tanto como ese día. Y nos reíamos, nos reíamos tanto que nuestros ojos vidriosos aprovechaban y las lágrimas le daban un sabor agridulce a las palabras. Esa noche no hicimos al amor, no hacía falta que la superficialidad invadiera la escena, no hacía falta que el sexo se hiciera pasar por el amor. La abracé y traté de retener su espalda inmortal en mi memoria; luego, volví a concentrarme en la cuchilla y cerré los ojos para soñar la más real de mis pesadillas.
– ¿Pero entonces la mató? – le dije al tipo e interrumpí la historia para hacerle la pregunta que durante todo el relato no me había atrevido a formular.
– No sé, cuando desperté ya no estaba y tampoco mi cuchilla – Me dice, y ni bien el extraño comienza a pronunciar esas palabras desaparece y soy yo mismo, más viejo, más cansado, con la barba descuidada y el pelo enmarañado, quien termina de contar la historia en la penumbra de una pequeña habitación sucia, solitaria y sin ventanas.
Por Emmanuel Burgueño

Música "de la Ostia", crónica


Crónica periodística realizada para la 3era edición de Cu4tro de Copas, que jamás logró materializarse. Escribe Emmanuel Burgueño.



"Para entendidos", debería figurar en alguna parte de la entrada: la música techno suena como un eterno tamborileo en el que las máquinas hablan al ritmo de un compás extenso y repetitivo, repleto de acentos y silencios. El lugar, iluminado por unos tenues faroles y unas danzarinas luces camaleónicas, está prácticamente vacío con la excepción de cuatro o cinco jóvenes que en el rincón más oscuro (al lado de las persianas que dan calle y nunca se abren) se mueven de manera fantasmagórica agitando las manos y moviendo sus cabezas. Son las tres de la mañana, y "de la Ostia", el único bar en la ciudad de La Plata que pasa música electrónica toda la noche, parece amnésica de gente; pero claro: falta el cartel que diga: "para entendidos"…
- Es demasiado temprano; esto recién empieza a "ponerse" a partir de las cuatro y media.
Adriana habla con la elocuencia y la autoridad que le dan sus cincos años como una de las barwomen del lugar. De pelo castaño, cejas prominentes y más de cuatros décadas vividas, apenas se la divisa por encima de la barra triangular. "Esto se está convirtiendo en un afterhouse, que no es la idea con la que nació el bar; los viernes estamos cerrando a las ocho y los sábados a las nueve. Acá mucha competencia no tenemos, salvo algunos boliches que tienen pistas de música electrónica, así que la "movida" se va retrasando y son las ocho de la mañana y tenés gente haciendo cola para entrar".
Sus palabras, que ahora se escuchan claras, se irán difuminando con el correr de la noche en el "in crescendo" musical del DJ residente Luís Zerillo, un verdadero referente en la ciudad, quien apunta a un concepto más intimista de la pista de baile, aunque sin dejar de lado el carácter hipnótico del groove, fusionando el house, el tech, el minimal y el techno, con el breaks, un estilo muy rítmico y expansivo derivado del funk. Su efecto es inmediato y domina los cuerpos dóciles que se dejan llevar por ese "no se que", que les genera la incesante necesidad de moverse y seguir escuchando.

"De puta madre"

Alto, de pelo entrecano y una simpatía extrema, Marcelo abre la puerta y saluda a diestra y siniestra. "Debo ser el único dueño que le abre a sus clientes. Llegan las tres de la mañana y me planto acá hasta que termina la noche; controlo todo y si alguno se excede se le devuelve la plata y se va a su casa". Esta rutina, llevada a cabo desde que se inauguró el lugar hace ya cinco años, se ha vuelto cada vez más excesiva debiendo hacer uso del derecho de admisión "corriendo" a los travestis del bar por considerar que molestaban la estética del sitio.
-Yo soy muy respetuoso con las inclinaciones de cada uno, pero si venís y me hacés "bardo" en mi trabajo te tengo que echar. Es así: simple, ahora todo está más controlado y la gente se siente más segura.
Marcelo se pone serio unos minutos, pero bastará con que alguien lo salude para esbozar la sonrisa de ocasión y olvidarse de ese "todo" al que había hecho alusión unos segundos antes. Enseguida, vuelve animoso: cambia de tema y cuenta que el lugar se llama "de la Ostia" porque él quería hacer un bar que fuera de "puta madre". Larga una carcajada estruendosa y cuenta orgulloso que unas 1200 personas visitan el lugar cada fin de semana.
Ubicado en el corazón de la ciudad platense, de la Ostia no se caracteriza por tener una fachada que invite a conocerla; se presenta como una casa vieja y alta, debiendo entrar la gente por un estrecho zaguán. Una vez dentro, la austeridad de las escasas mesas dejan al descubierto la pista de baile, recinto sagrado para los habitué del lugar, que hacen del baile su rito. Cada cual atiende su juego, el individualismo se expresa en una total enajenación en la cual la música es uno de los componentes necesarios para lograr ese estado. En las paredes, una ecléctica colección de pinturas de distintos expositores observan sin ser miradas.

Un lugar alternativo

La música electrónica se caracteriza por una noción de creatividad colectiva en el que la innovación, la mezcla y el uso van de la mano, buscando en las texturas conocidas nuevos ritmos y composiciones. Cómo bien lo define Ariel Kyrou, en su libro Techno Rebelde: "El verdadero Dj no es una estrella, sino un chamán. Los espectadores no forman un "público" convencional: son danzantes. El impacto sonoro no basta; debe alimentarse constantemente de ruidos; concretos, recomponiendo la ruptura entre vida y arte. El techno supone también la hipnosis; de ahí la repetición y sus lentas evoluciones de detalles". De la Ostia, surgió con esta impronta, como un sitio underground, para que los platenses fueran parte de esta movida que desde mediados de la década de los noventa llegó a la Argentina para quedarse.
-Esto nació como algo alternativo-dice Marcelo-, igual viene todo el mundo, y se va diversificando un poco el ambiente; no es la misma la gente que viene el jueves, que la del viernes o el sábado. Lo viernes es más alternativo; los sábados es más "careta" y vienen más mujeres que hombres, porque saben que acá es todo muy tranquilo y nadie las va a molestar.
La pista es un manantial efervescente del que emergen flashes de cuerpos que flotan en el aire y manos eléctricas atrapando el ritmo que se mete en sus cuerpos convulsionados. Los veinteañeros son los dueños de la escena; pero los hay mayores, la edad no es un impedimento, sólo hace falta comunicarse con los sonidos que salen de las máquinas.
La música continúa en aumento y pareciera no querer detenerse nunca la vorágine se apodera de los sentidos y la velocidad se torna amiga de sensaciones ocultas en algún lugar recóndito de miles cabezas que juegan a que las barreras no existen que las pausas deben ser borradas y la normalidad más absoluta se define por un todo uniforme y distintivo a la vez en el que las estructuras son abolidas y la anarquía se hace dueña de la noche.
Por lo menos por un rato, hasta que se apague la música.


Por Emmanuel Burgueño

viernes 20 de febrero de 2009

París ayer y ahora


Llamó a las 8 y me dijo que quería hablar de lo nuestro. Cuando decía lo nuestro se refería, intuyo, a conversaciones nunca resueltas, a intentos fallidos, a ganas que resbalan en el marmol de lo moral: de lo permitido y lo prohíbido.Siempre que sonaba el teléfono, yo deseaba que ese sonido estridente me trajera la voz de ella. Porque justamente si era ella, el fantasma cotidiano, ese ritual monótono de volver con la cara larga del trabajo y soportar alguna queja de mi mujer, se pudiera disipar tan fugazmente como el humo de una avión en el aire. Sin embargo esas charlas fulgurosas, aunque tendrían que durar años, se terminaban. Carecían de extensión, se consumían tan rápidamente como todas aquellas cosas que se disfrutan demasiado. Y lastimosamente yacían en la nada, en esas fichas puestas en el azar, en esa eventualidad de que nuestras vidas girasen en un mismo sentido casi mágicamente. Pero aquella tardecita llamó con otra cadencia, con otro tono: dijo que todo había concluído, que lo nuestro era platónico porque ya habíamos tenido tiempo de empujarnos a hacer lo que en años habíamos tramado por teléfono, y en esas charlas de cafés. Y que si no lo habíamos hecho, por algo sería, porque en la burbuja del amor no caben dos sujetos que le temen al desafío. Y que justamente si le tememos al desafío no podemos seguir pregonándonos amor como dos niños. " Todo tiene un límite, y yo lo marco hoy" dijo, en un tono rudo que disimula el llanto, que lo esconde para mostrar la corteza que suele aparecer en cualquier despedida dolorosa. Yo escuché esas últimas palabras como el preso que escucha cargar los fusiles de su condena, apegado a un corralón, cerrando los ojos y viendo en un film vertiginoso esas escenas que vale la pena llevarse al funeral. No atiné a torcer ese discurso, porque pensé que quien lo emitiera tenía un sostén incapaz de ser vulnerado. Imposible de desarticular, de reprochar.
Así fue, recuerdo que dejé el teléfono descolgado en su eterna melodía ocupada y pegué la mirada al techo, desconociendo el tiempo, la calle, los deberes y las urgencias.Es que ya la vida perdía ese encanto misterioso, ese tesoro luminoso que me omnibuló por años en su hallazgo. Me imaginé repitiendo robóticamente las obligaciones del trabajo, volviendo cansando a casa a encontrarme con mi mujer, que me aguardaba con una sonrisa al borde de la mesa, con la comida humeando y un ritmo de bossa como música ambiente. Me imaginé transitando ese camino trillado, muriendo por dentro, injuriándome mil veces por ser un pobre cobarde que se inmoviliza ante el orden establecido, en ese arcaico dilema humano de encontrarnos solos frente al abismo.
Creo que pasaron cinco años de aquella trágica llamada. Decidí no contar con minuciosidad porque, intuí, que sería caudicar mi piadoso método de inventar un olvido. Finalmente esas artimañas de los infelices no me bastaron para parar la hoguera. Nadie puede frenar la corriente ni aunque invente lo que invente. Sería como desafiar las leyes de la gravedad, como tapar el sol y apagar el viento.
No supe casi nada de ella, traté de taparme los oídos cuando la mencionaban en alguna mesa del bar, otros conocidos en común que jamás supieron de lo nuestro. Sin embargo supe, que planeaba irse, que quería probar suerte en otro país porque aquí nada la motivaba a permanecer. Llegué a enterarme un lunes por la tarde, de que ella había partido hacía casi una semana a París, por una beca que logró conseguir mediante el colegio de abogados. Viviría en un departamento de dos ambientes con un ventanal gigante con vistas al Río Sena y a aquellas pasarelas románticas parisinas donde el arte y el amor parece fundirse como líquidos transparentes.

Contar mi vida en ese lapso, en ese período gótico donde fui un robot que apenas repetía las coordenadas, llorando mientras me bañaba y garabateando cartas e ideas que nunca envié; prácticamente no tiene mucho sentido. Fue eso: esa secuencia basada en la redundancia, en la repeteción y aumentando la tristeza como un cancer impiadoso que sólo fluye. Corre velozmente.
Con pereza, con movimientos oxidados, pasaron dos años más. Pues aquella mañana de junio me afeité una barba tupida que se mezclaba con el bello pectoral porque me habían advertido cierta decencia en la empresa, y pese a la antiguedad, debía seguir acatando esas sugerencias de la jerarquía. Me cepillé los dientes, me sequé la boca y caminé hacia el café humeante de la cocina. Mi mujer no estaba, habría salido de mandandos, y una carta sellada con lacre, decorada de gerberas rosas y azules, con una letra fina en manuscrita que decía: "Carlos y Salomé, Presentes". Los colores discretos, las flores y esa caligrafía tan pulida a un simple vistazo me trajeron a ella, a nuestras cartas y rosas, en aquella época donde fantaséabamos con fugarnos para ser felices. Me acerqué con lentitud al sobre, arriba de mi revista semanal, lo tomé con miedo y leí derrumbado.
" Estimados amigos y familiares, los invitamos a la ceremonia de casamiento que se desarrollará en las instalaciones de la Iglesia Paroisse Saint Merry de París, Rue verrarie 76, a las 21 horas. Saludaremos muy jubilosamente desde el atrio. Karina y Alain".
Probablemente ese sobre, tan prolijo y estético, fue el tiro de gracia que no existió en aquel llamado inolvidable. Porque pese a sentir la lejanía, a palparla en la mudez del teléfono, en las cartas que llegaban disfrazadas de comerciales y repletas de amor, jamás había arrasado con algunas ilusiones de restaurar esa misión incumplida. Quizás como una coraza para amainar la tortura, tal vez por desear una empatía sentimental, que ninguno podría librarse de ninguno porque era un pacto simbólico sellado con fuego.
Pero el sobre me derrumbó el castillo. Me abofetó como debía abofetarme la vida desde hacía tiempo, para poner los pies en la superficie. " Ya está" me dije, " ahora debo ir, por mi incondicionalidad, por los años que nos conocemos, por las cosas que pasamos juntos ajenas a nuestra historia". Horas después lo hablé con mi mujer, y enseguida comenzamos a tramitar el vuelo a esa ciudad romántica de lloviznas incesantes, donde yo soñé pasear con la mujer de mi vida, como paseó La Maga con Oliveira y tantos amantes anónimos empedernidos persiguiendo la felicidad, o tal vez la plenitud.
Arribamos un viernes a la siesta. Un chauffeur nos esperó en el playón gigantesco del aeropuerto parisino con un letrero negro con nuestros nombres. Paseamos lentamente por las ruas francesas como descubriendo todo: La torre eiffel, el arco del triunfo, los museos de arte, napoleón erguido en victoria y petrificado para el resto de la humanidad. Las sombras y no tan sombras de Victor Hugo, Cezanne, Marlen Dietrich y Hemingway se me aparecieron reales e irreales casi de un flechazo. Olor a asfalto mojado, y muchachos debajos de paraguas regalándose besos por doquier. Y yo abrazando a la mujer que no soñé, simulando disfrutar algo increible.
Aquella misma noche sería como asistir a mi propio entierro. Sin embargo inexorablemente concurriríamos. Nos bañamos a eso de las 7 y partimos una hora más tarde en el servicio de transporte del hotel. A eso de las 8 y media ya estábamos en la puerta, mirando desde el paraguas la parsimonia de automoviles que desfilaban por la calle como en un acompañamiento fúnebre. Yo creo haber fumado un atado de Virgina Slims entero, en casi media hora que restaba esperar para la ceremonia. Salomé me sacudió del brazo más de una vez, en un gesto de ponerle coto a esa fiebre de amor que jamás sospechó. Preguntó que me pasaba más de una vez, e inventé una historia en torno a la separación de mis viejos, y a ese aura de la iglesia que me trastocaba los nervios. Motivos totalmente banales y hasta inexistentes, pero creí que podrían hacerme zafar de esa agonía fatalista de contemplar como espectador pasivo mi muerte en vida.
Estaba hablando cuando ella entró radiante, luminosa como siempre, con el pelo recogido y un vestido blanco que arrastraba por el piso ajedrezado. Una música de vientos se encendió repentinamente, y él, morocho, de ojos pardos, se acercó con un tranco seguro para tomarla del brazo para siempre. Ella sonreía a la gente que aplaudía maravillada desde los asientos, y en esa fracción logró verme. Trató de fabricar una cara atenuante, pero yo, desde hacía muchas horas, era inmune a cualquier tipo de artificio que pretendiera alivianar la pena. La miré fijo, y cerré los ojos. Revoviné el tiempo, lo transformé; y volví a verme con ella, con mi Karina, paseando lentamente por el Río Sena, observando cuadros, consumiéndonos a besos entre risas y abrazos. Eludiendo la lluvia con el paraguas, mirando París como desde arriba, como si fuéramos amos y señores de una ciudad encantada, vacía, que se quedaba abierta a nuestra merced, a nuestro libre antojo.
Luego creo que ibamos al departamento de ella, volvíamos a mirar el Sena mientras hacíamos el amor en su cuarto, y ya no volvía a sonar el teléfono. Finalmente no sonó más. Creo que nunca tendría que haber sonado.

Por Matías Kraber

miércoles 19 de noviembre de 2008

No me gusta cuando callas


"En el silencio late otro México. Juan Rulfo, narrador de desventuras de los vivos y los muertos guarda silencio. Hace quince años dijo lo que tenia que decir, en una novela corta y unos cuantos relatos, y desde entonces calla. O sea: hizo el amor de hondísima manera y después se quedó dormido" Eduardo Galeano, “El siglo del viento”

Con Pedro Páramo comprendió que en lugar de escribir prefería hacer callar su voz. Restaban kilómetros de hectáreas fértiles para sembrar su prosa en novelas o cuentos que recorrieran el mundo, crecían los seguidores, sus dos únicos libros empezaban a traducirse en diferentes lenguas; pero Juan Rulfo prefirió el silencio, pensó que ya había contado todo y se acobijó en el Instituto Nacional Indigenista para confeccionar la colección más importante de la Antropología contemporánea y antigua de México. Allí dedicó los últimos veinte años de su vida, alternando con la fotografía y algunos viajes por el continente. Mientras fumaba. Siempre fumaba y hablaba poco con una voz pesada.
Juan Rulfo es dueño de una prosa ligera, ágil, de pueblos perdidos en una llanura interminable donde los vivos vivían callados y los muertos se quejaban de estar muertos en el recóndito lugar de Comala, “aquello que está sobre las brasas de la tierra”.
Sus personajes son coloridos, de marcada raigambre popular, cuyos diálogos vivaces permiten acelerar la lectura y encuadrar la escena en una pantalla gigantesca de cine. Rulfo generaba literatura de alta velocidad, historias de contenido épico, de peleas fervientes entre distintos bandos políticos donde se desangraban en un barranco por un General llamado Petronilo Flores, campesinos pobres ingeniándoselas para vivir, pueblos marginales empequeñecidos por la pendiente, venganzas, muertes sangrientas y tristeza. Demasiada tristeza.
La vida del autor estuvo signada por la soledad. Sus padres murieron cuando él tenía apenas diez años y los familiares lo obligaron a inscribirse en un convento donde empezó a rozarse con la buena literatura en la biblioteca de un cura del lugar de nombre Irineo Monroy. Hurgando descubrió a Faulkner quien impregnó el modo de hacer literatura en Juan Rulfo y en el propio García Márquez.
Rulfo, aunque su nombre carezca de la sonoridad de otros emblemas del mundo de las letras, ha sido blanco de elogios rimbombantes de personajes que escatiman adjetivos a la hora de opinar de otros socios contemporáneos. “Pedro Páramo es una de las mejores novelas de la literatura de lengua hispánica, y aún de la literatura" sentenció Jorge Luis Borges y el maestro del realismo mágico, Gabriel García Márquez, describió las sensaciones que tuvo al digerir la novela: “aquella noche no pude dormir mientras no terminé la segunda lectura. Nunca, desde la noche tremenda en que leí la Metamorfosis de Kafka en una lúgubre pensión de estudiantes de Bogotá -casi diez años atrás- había sufrido una conmoción semejante”.
La novela sobre Comala se instaló en la biblioteca del mundo, justo en el estante sagrado que cualquier aprendiz de escritor acude a diario para consultar en el momento de toparse con el fantasma de la página en blanco. Al momento de describir algo que se presenta como propio y cercano, pero las imágenes se desvanecen borrosas y caóticas en la mente.
Toda su bibliografía editada se resume en la novela Pedro Páramo y el libro de cuentos El Llano en llamas. Luego de su último libro publicado en 1955 aparece el cine, un cortometraje titulado “Despojo” que realiza con Antonio Reynoso en el estado del cura independentista Hidalgo.
Después el mundo esperó expectante otra prosa magnífica de Rulfo, al unísono del boom latinoamericano en el mercado del libro. Sin embargo ese día jamás llegó, Rulfo prefirió su prédica antropológica ligada a sus orígenes, a ese sueño de revolución mexicana que siempre coqueteó con la realidad y dejó huellas inquebrantables en las generaciones de mexicanos campesinos. Rulfo murió temprano, murió con Pedro Páramo, en ese preciso instante que jugó a ser un ánima para encontrarse con los muertos de su felicidad, con su gente. Allí fue cuando empezó el silencio, allí en el pueblo mexicano de Comala, “aquello que está sobre las brasas de la tierra”.
Por Matías Kraber

Desde lo alto del río


Tal vez cuando me entiendan,
ya sea un poco tarde,
pero los pienso perdonar
soy hombre razonable”.

Raúl Carnota “Chacarera del pensador”. Espejos, 2005.


Sólo un melómano puede atravesar fronteras musicales, mezclar géneros y construir arreglos novedosos. Raúl Carnota, un porteño vinculado al folclore, habla de sus comienzos en la música, su puntillismo a la hora de componer y la relación con las multinacionales. Aquí un breve retrato gráfico de un cantautor de lujo.


Podría arriesgarse que si aquella mañana veraniega de finales de los cincuenta, el economista marplatense, Raúl Cesar Valentín Carnota cruzaba la frontera aduanera de Brasil a Argentina con los brazos vacíos; su hijo Raúl estaría hoy radicado en algún pueblo del interior de la Provincia de Buenos Aires como veterinario de grandes animales. Con una vida sedentaria de ocasionales viajes cortos hacia los campos aledaños, compartiendo yerras, asados, vinos y de tanto en tanto alguna guitarreada. Tan sólo algunas.
No obstante la historia tomó otro rumbo. Raúl padre, de hirviente sangre vasca, persuadió al empleado aduanero que traspasar una guitarra criolla “Janin” de fabricación brasilera, no conformaría en ningún idioma y en ninguna Constitución un contrabando alguno. Se trataba de un obsequio para su hijo Raúl que comenzaba a transitar la música al repiqueteo de un bombo santiagueño.
A partir de allí bastaron algunos años para que Raúl Carnota hijo, recorriera numerosos escenarios como instrumentista de grandiosos folcloristas argentinos mamando hasta la última gota del folclore del norte, de las raíces andinas; del amor a la tierra, del sufrimiento colla.
- Yo arranqué trabajando de músico en el año 1973, hasta el año 83 cuando grabé mi primer disco. Entonces ahí tuve la oportunidad de aprender a tocar esa música, de tocar con santiagueños, salteños y jujeños- habla con pausas Carnota, respetando tiempos, mientras tamborilea los dedos en una mesa de algarrobo que ocupa el centro del living de su departamento ubicado en el arrabalero barrio de San Telmo.
Carnota es un porteño que hace música en términos plurales. Lo irrita el mote de folclorista que le han asignado por doquier en publicaciones o circuitos musicales. Es un melómano que contempla presentaciones de artistas de todo talle, tomando un aperitivo en un rincón de algún bar o sentado en una butaca de algún teatro como un espectador silencioso. Carga en sus hombros once discos con detalles de artesano: arreglos pulidos de voces y guitarras, y una fuerte carga conceptual que unifica las canciones en una idea gruesa o amplia.
- Yo no grabo por grabar, por ende me tomo muchísimo tiempo para hacer un disco porque además de los arreglos musicales, el disco debe ser conceptual. Un poco la vida se la construye uno, las decisiones se toman cotidianamente. Yo por ejemplo empecé mis pasos como solista grabando discos con empresas multinacionales - mira hacia el techo como recordando y reanuda su frase con un dejo de resignación- fueron los tres primeros, y casualmente los tengo atrapados. La gente me los pide, y no tengo acceso. Ni me los sacan, ni me los venden, no los reeditan, ni nada. Después decidí que no tenía que laburar con las multinacionales, además por las estrategias de marketing, las expectativas de ventas, y a mi no me interesa. A ellos les interesa ganar plata y no les importa el arte.
Carnota siempre se enamora de su última novia, de su último disco. No selecciona una época o un momento como el techo dorado de su carrera de solista, porque su profesión lo mantiene en una dinámica insaciable que busca atravesar fronteras inexploradas y caminos novedosos.
El carácter progresivo de la música permite la mutación, permite oxidar lo tradicional de ayer e inventar lo tradicional de hoy. Un desplazamiento que siempre genera reticencias en quienes abogan por conservar los moldes intactos del pasado, pero cuya tendencia respeta postulados filosóficos sobre la contingencia del lenguaje, su dinámica social. “La música no es estática, entonces lo tradicional va aggiornándose. Quién sabe como tocaban la chacarera hace 150 años porque no hay registros. Una vez en Estados Unidos, en el cuarto del hotel, miraba un canal de música country donde aparecía desde Kenny Roggers y James Taylor hasta músicos de country modernos con bandas. De lo más simple a lo más sofisticado. Y nadie decía esto es tradicional y esto no”, enfatiza con vehemencia Carnota como contestándole a aquellos críticos de la música moderna.
Él utiliza la armonía de la misma manera que un cheff aplica condimentos para mejorar su plato. “La armonía es una técnica, de la que nadie es dueño y por lo mismo nadie te va a enseñar a emplearla…sólo uno debe saber cómo se usa. Hoy en día la música se ha institucionalizado, y a diferencia de antes, los músicos salen más formados…es un buen momento para la música en Argentina”.
Hoy se dedica a tocar, sin el éxtasis ni el estrés que implica componer. Se aproxima un viaje a Canadá, tiene fecha en Egipto y en apenas algunas semanas le toca visitar el sur argentino. La música la regaló viajes por territorios lejanos que jamás creyó haber podido conocer como veterinario, y él los disfruta sin alma de turista.
Comienza a oscurecerse el living y Carnota camina hasta el balcón para mirar a San Telmo desde lo alto y buscar el río, minimizado detrás del paisaje de hormigón y el humo de los autos. Se hace un silencio largo y suelta en voz baja:
- Me retiraré cuando un buen amigo me diga: “Raúl, no va más”- frunce el ceño y reanuda- ese será el día que deje la música.
Carnota termina la frase y vuelve a posar su mirada en el río. Quizá imaginándose veterinario, o quizá buscando, como tantas veces seguramente, la poesía que le permita seguir marchando por el infinito sendero de la música sin que nadie le baje el pulgar. Sin que nadie lo repruebe.

Por Matías Kraber, Cu4tro de Copas 2da Edición Julio 2008

Esa Luna que vino del norte



“Llegan de noche gritos lejanos,

rompe la luna, tiembla de miedo algún chango

de salamanca llaman campanas

los hombres quieren matarse empuñando un arma”

. Peteco Carabajal y Jacinto Piedra, “te voy a contar un sueño”.

Una música viaja con el viento. Voces desgarradas, que se quiebran en un tono agudo casi de súplica, traspasan los vidrios empañados y se cuelan por las calles dormidas de una noche de jueves con luna llena de carnaval.
La fiesta comienza a las diez y se estira hasta el cansancio. Luís está detrás del mostrador con la mirada clavada en una caja que lo transporta a las coplas collas de su infancia. Una infancia que lo ligó al trabajo forzoso escalando cerros desde la aurora al ocaso, masticando coca y silbando algunas canciones de Atahualpa mientras se fundía con el paisaje intenso de Maimará.
Treinta años más tarde él está a 1660 kilómetros al sur de su Jujuy natal, comandando la fiesta del folclore norteño en la capital de la provincia de Buenos Aires como “el tío”, “el zumba”, o el “mandinga” urbano (tal como titula la mitología del noroeste al diablo que organiza esas fiestas nocturnas de música, carcajadas y gritos en el corazón de los bosques del norte, cuyo sonido se oye un kilómetro a la redonda) que reúne a cientos de jóvenes y adultos cada fin de semana en su “Salamanca” platense con música en vivo y comidas regionales.
“Salamanca” es su apellido y casualmente remite a una leyenda ancestral de los habitantes del noroeste argentino y la puna boliviana. El término emigró por los mares y el tiempo hasta adquirir una versión de raíces autóctonas. Las cuevas de Salamanca eran sitios recónditos de la ciudad del centro oeste de España donde “los moros” practicaban la brujería a espaldas de una hostigadora iglesia española.
El norte argentino resumió la leyenda de “Salamanca” en un baile de los diablos donde tienen asistencia perfecta los condenados, poseídos, perdidos y repudiados por la sociedad. Así como también aquellos que pretenden firmar un contrato de sangre con el diablo: pedirle destrezas musicales y poéticas a cambio de sus almas.
Luís fundó su centro cultural que lleva su apellido sobre el epílogo del proceso de reorganización nacional que se extendió de 1976 a 1983 en Argentina. Cuenta que fue difícil mantenerlo en pie, “siempre tambaleamos con los diferentes gobiernos, como cualquier persona que quiso mantener un proyecto independiente” expresa con una voz suave y perezosa que patina con las eres.
La Salamanca fue un emprendimiento musical de jujeños en La Plata que pronto pasó a convertirse en un templo festivo donde asisten distintas generaciones a disfrutar de ritmos andinos contagiosos o nostálgicos.
- Nuestra peña es un puente con la cultura del norte, no es idéntico a los carnavales de allá pero porque acá no está ese paisaje, esa historia, esa gente
Luís se toma un respiro y larga con tono poético:
- El paisaje te determina para toda la vida. A mí, Maimará me determinó para toda la vida. Esa pobreza linda donde uno aprende a compartir y a darle importancia a las simples cosas.

“Levantate cagón que aquí ha cantao un argentino”


Javier Caminos canta con vehemencia. Entona cada verso con los ojos firmes y sostiene la guitarra con convicción de soldado. La Música para ellos es una trinchera de resistencia cultural, un fusil para mantenerla viva y protegida, al resguardo de la vorágine de la globalización.
Al escenario suben algunos changos compañeros de Javier y otros músicos que asisten religiosamente las noches de jueves en la Salamanca.
El bombo repiquetea, la quena emite un sonido que se mimetiza con los pájaros del norte argentino y la guitarra comienza a chacarerear. Aplausos se suman a una sincronía instrumental que proviene de arriba del escenario y algunas mujeres zarandean su pollera mientras sus compañeros de pieza castigan los zapatos contra el suelo de material. El resto de la gente corea y hace palmas desde las mesas con entusiasmo. Es una fiesta donde no hay silenciosos ni introvertidos, “esta música es grandiosa, la repetición hace que todos puedan participar…es la fuerza del grupo y una melodía que integra” explica Luís con los ojos fijos que dejan entrever un sesgo de tristeza antigua casi prehistórica, pero con una seguridad inmutable.
La música no tiene respiros. Javier pasea por un repertorio nutrido de canciones del noroeste y el público lo acompaña, empujado por un envión místico propio de los bosques, propio del tío o mandinga, propio del rincón cálido de 60 y 10 de Luís Salamanca.
La luna llena se diluye en un cielo anaranjado. Un bailecito jujeño fue el telón de otro jueves mágico repleto de jóvenes. Afuera, la ciudad amanece muda y perezosa a cumplir con su rutina semanal, mientras dos empleadas bajan las persianas del centro cultural y la gente comienza a desagotar el espacio. Se desparraman por las calles con el rostro sudoroso pero vivaz, con el alma vacía pero el corazón contento; enfilan a sus casas satisfechos porque otro jueves u otra noche deben volver a la cita con el diablo.


Por Matías Kraber, para Cu4tro de Copas 1era Edición, Mayo 2008.

martes 24 de junio de 2008

Un final después del punto


Desenlace inventado del magnifico cuento " La Pata de mono " de Wymark Jacobs, humorista inglés de principios de siglo XX.


La señora White bajó la escalera y corrió hasta el living con el corazón galopando frenéticamente. Trastabilló contra una silla y luego se quedó inmóvil a dos metros de la puerta de madera pesada a esperar la noticia. Sentía el cuerpo frío, las manos temblorosas al compás del tic-tac del reloj que volvía todo más dramático, cargaba de un aire pesado de espanto.
El viento empujó lentamente la puerta, y entre las penumbras, la señora White se chocó con unos ojos enrojecidos como brasas vivaces e incandescentes que la miraban con el desdén de esas risas malvadas de la venganza. Allí se paralizó por unos segundos que parecieron eternos, atinó a disculparse, hizo un gesto de súplica con las manos y dio un paso pesado en dirección a la entrada. El silencio aumentaba el volumen del terror. La silueta sombría con ese fuego en la mirada permanecía inmóvil, y la señora White lloraba en voz baja arrodillada en el suelo, temblando como un perro mojado.
Intentó emitir palabras pero sintió la garganta anudada. Cerró los ojos con fuerza y corrió hacia la puerta con los brazos tendidos, pero no logró amortiguar la carrera con el abrazo esperado; tropezó en el cantero húmedo por el rocío de la noche y golpeó la cabeza contra el mármol.
El señor White esperó que la casa quedara en un silencio absoluto y bajó con sigilo los escalones. Caminó por el living de la casa, no divisó ningún movimiento extraño en la puerta y salió a toda prisa con una maleta de cuero en la mano derecha. La noche seguía calma y desértica.

Por Matías Kraber

Mitades partidas de nada- Poesía


Pedro camina perdido
En tinieblas de un pueblo dormido
Cazando sueños brillantes
Muriendo en silencio al instante

Recorre el paisaje hundido
En el cemento frío y distante
Queriendo penetrar el destino
Ahogándose en el vacío

Vacila por amor mil veces
Delira con soles lejanos
Se pierde en el olvido del pueblo
Y renace más vivo que antes

Navega el tiempo con remos
Bordeando una línea difusa
Le sonríe impotente a la muerte
Atascado en el mar del presente

Se cree gigante al revés de la gente
Se mancha con sangre en cada golpe
Padece los tropiezos de la alegría
Volviéndose enano en cada caída


Por Matías Kraber