viernes, 23 de marzo de 2012

Los andes a lomo de fititos




Para atravesar Los Andes, San Martín necesitó de 5400 hombres –entre soldados, barreteros, cocineros, arrieros- 1600 caballos y 10.600 mulas. Unos 7000 kilos en obuses y cañones, una dotación que -según indican los libros- ascendía a 600 reses vacunas, 40 toneladas de charqui con galletas de maíz y 113 cargas de vino más ponchos, frazadas y aguardientes para cobijarse del frío desgarrador de las montañas. A mí, en cambio, me dejan apenas un burro negro sin nombre que mide 1,50 y luego en otro burro blanco corpulento, al que todos aquí conocen como Pompón. Dos, llamémosle, fititos tuneados para el viaje y con doble tracción: pasan del barro, a las piedras y la nieve, de la llanura a la montaña y el agua sin problemas de neumáticos ni de patentes impagas. Además, contamos con guantes térmicos, carpas iglú y teléfonos satelitales. Más una provisión extra de catorce petacas de whisky y licores para 24 periodistas sedientos, y kilos y kilos de guisos carreros en ollas como barriles de nafta que esperan en los dos refugios del viaje.

San Martines de ayer y de hoy

Sin más GPS o mapas que los propios baqueanos, San Martín cruzó Los Andes en 21 días en dos tramos: primero de El Plumerillo en Mendoza a Estancia Los Manantiales en San Juan y de allí por Camino de Los Patos a Chacabuco por senderos serpenteantes, cornisas filosas, desfiladeros y cumbres por donde convergieron 6 columnas de su ejército en una estrategia militar napoleónica denominada “pelotonne” que culminó con la independencia chilena en la llamada batalla de Chacabuco del 12 de febrero de 1817.
A 194 años de aquella epopeya, un grupo de 140 personas incluidos gendarmes, militares, baqueanos, funcionarios de gobierno y periodistas- nos proponemos rebobinar la cinta de la película: cruzamos en 6 días el último tramo sanmartiniano de San Juan a Chile. Queremos meternos en los pliegues de la Historia que aprendimos en los manuales Kapeluz de la infancia, abrazarnos con gol patriota allá arriba y contar en un par de décadas a nuestros futuros nietos que su abuelo barrigón hizo casi lo mismo que el hombre de los monumentos, las calles y las plazas pero en un burrito petiso como el de la propaganda de la yerba Cachamay.

Primer día a lomo de burro


Esa mañana -la de comienzo- todo arranca mal. Cascotazos de nieve golpeándonos los guantes, la capucha, la cara. El viento vuela la capa de agua y todos con 2 kilos más de ropa buscamos que nos ensillen nuestra mula. Dos gendarmes desde la caja de un camión con colores de guerra dan la vianda del día: una manzana, un bocado de jamón y queso, dos caramelos butter toffes y un agua mineral. Son las 5 primeras horas arriba del animal. Muchos se sienten arriba de un camión Scania, y yo también.
El gobernador sanjuanino José Luís Gioja- que cruza Los Andes desde hace 7 años, cuando su gestión comenzó con la expedición en febrero de 2004- va delante de todo en un caballo blanco como el del Libertador. Tiene estampa de gaucho y no le tiembla ningún nervio allá arriba. “Vamos la patria carajo”, grita y toda la tropa repite con convicción marcial. Más atrás lo siguen Jaime -un baqueano retacón de 40 años, oriundo de Barreal- y un oficial de gendarmería con una bandera argentina.
Arrancamos en fila india. Primero algunos gritos de aliento, arengar al compañero, descomprimir la tensión, meterse en la casaca del soldado que viva la patria con un grito rudo y que si tiene miedo, trata de camuflarlo abajo del poncho para que nadie le saque la ficha. El machismo en la montaña cotiza en bolsa, o al menos todos quieren multiplicarlo.
Nunca nadie –salvo los que la naturaleza vuelve huraños- estuvo consigo mismo 8 horas por día. El burro se vuelve más terapéutico que un diván aunque el precio pueda ser más caro: un par de dientes menos, una quebradura de clavícula o unos puntos en la frente. Sin embargo apenas me subo al burro me dicen que el doctor Sebastián Carbajal –cirujano de 29 años, rescatista de altas cumbres como El Mercedario y El Aconcagua- puede hacer pasar La Cordillera a un buey moribundo. Respiro hondo como cuando te van a dar una inyección, pienso en los que me esperan detrás de las montañas, taloneo y emprendemos marcha en un traqueteo entrecortado. El burro y yo o yo y el burro. Al final de cuentas es lo mismo.
“Talón y talón” gritan los gendarmes a un par de metros, y uno se aferra a las riendas con la fiereza de un jinete en Jesús María. “ Sí me muero, me muero con el burro”, pienso a los 4800 metros de altura, en ese cuco nevado bautizado El Espinacito, enemigo monumental de Bernardo de O` Higgins y José de San Martín.






Un segundo día jabonoso

El Espinacito estruja los nervios. Todos lo nombran y uno maneja la posibilidad de hundirse en la nieve en esa montaña gigante que obligó a la tropa de Bernardo de O`Higgins a detener su marcha un día más porque los animales estaban exhaustos, decenas de soldados estaban heridos y otros necesitaban reponerse para seguir ruta hasta Valle de los Patos, donde el refugio de Sardinas es una postal turística enclavada en el riñón de La Cordillera de Los Andes: pasto bien verde hasta la altura de las rodillas, un río transparente que viene desde las nubes y montañas rojizas con picos nevados.
Para nuestra tropa es el peor día. Los gendarmes dudan. Con el mate cocido en la mano, se susurran por lo bajo y señalan caminos como alfileres allá arriba de los picos nevados. El gobernador Gioja se arrima al fogón y pregunta algo. Cabecean. Mientras los baqueanos palmean a sus mulas y preparan las monturas, los periodistas, estiramos el desayuno. Estiramos armar el campamento, ensillar y montar. Estiramos el tiempo como un chicle, porque allá en ese interminable desfiladero que demoraría 9 horas de viaje, un mal paso por el camino enjabonado y fin de la historia.
Ese día, el segundo, muchos nos caemos y vemos de cerca el final del juego. Pero las 9 horas pasan, y el corazón se hincha de orgullo en el límite cordillerano donde los bustos de los próceres de Chacabuco marcan la frontera entre Argentina y Chile. Allí mismo donde el himno argentino suena por unos pequeños altavoces, la garganta se hace nudo, y la voz de soldado raso se quiebra en mil pedazos. “Viva la patria, carajo”, vuelve a gritar con una voz ruda el Gobernador José Luís Gioja y todos corean y se
abrazan con cualquiera como gol en la tribuna.



Trompadas de montaña

La montaña desnuda. “Es que la montaña no nos quiere acá”, dice Emiliano Gullo, del diario Crónica. Te boicotea con la altura, la boca se empasta, se seca, el cuerpo se bambalea y pide sorbos y sorbos de agua. Pide un acuso bien grande de coca detrás de las muelas para que el mareo no termine por voltearte en la nieve ni en las rocas filosas.
Son casi 40 horas a lomo de burro. La mañana comienza con el oficial Rivero- instrumentista de la banda militar sanjuanina- y su soplido marcial de soprano. El sonido más odiado, más aún que el “pipipipí” taladrador del despertador chino. Las ollas hierven agua para el mate cocido, los baqueanos se calientan las manos callosas en un fuego, los gendarmes miran el cielo y los periodistas aprendemos a madrugar con 5 grados bajo cero para imitar la gesta libertadora. Muchos putean. Es parte del rito. Otros tiemblan de miedo, lloran por sus hijos y hacen plegarias al cielo pidiéndole por favor al de arriba que los deje volver.
El padre Walter –santafecino, 30 años- oficia su misa en cada refugio, tras horas a lomo de burro, con un celular donde almacena sus versículos sagrados. San Martín también tenía curas en sus expedicionarios porque la fe debía acompañarlos de cerca. Debía estar en las montañas, bien arriba, cuando el peligro azota cuesta abajo.




Que digan lo que quieran. Que tenemos todo, que San Martín estaba mucho peor y con sus ulceras sangrantes que lo obligaban a fumar opio, que nosotros tenemos un helicóptero que al primer golpe de tubo de teléfono satelital se aparece, que hay medicamentos, que el doctor Carbajal te salva. Que Jesús nos acompaña, que nadie se mató ni fue herido de gravedad en 7 años de cruce. Pero ahí arriba uno está solo. Somos un montón en fila india, pisándonos los talones por un sendero serpenteado donde no entran más que un cuerpo de gordo de 120 kilos, pero estamos solos, a la intemperie, sujetos al libre antojo del clima, del animal y de la altura por más que los baqueanos estén mirándonos la montura, el doctor Carbajal cierre la columna con un equipamiento de guerra y los gendarmes estén atentos de que una mula enloquezca y nos eche a rodar por el suelo.
“¿Cómo vas, flaco?”, pregunta a varios periodistas con caras largas e inexpresivas, el gobernador Gioja desde su caballo. El camino es un jabón infinito. Taloneo a desgano la mula. Un camino empinado a paso de hombre, y después otra subida, otra y otra. Duele todo. Las piernas son dos yunques, las manos engarrotadas, pero por suerte el cerebro funciona y ordena seguir. Son cerca de las 5 de la tarde de un viernes 11 de febrero, y yo algo gordo para ser militar, arriba del Pompón -petiso y blanco como la nieve- voy cerrando las filas de la expedición. Y cuesta abajo -ya a unos 3500 metros de altura sobre el nivel del mar- enderezo la mula para El Refugio de Sardinas, y ahí mismo donde el General comenzó a cantar victoria porque El Espinacito pegaba más que dos ejércitos realistas, por única vez en el viaje me siento San Martín. Y afónico, en la fiebre de las alturas, grito para mis adentros: “Viva la patria carajo”.

Por Matías Kraber

domingo, 12 de junio de 2011

Catarsis palermeana


Martín Palermo: optimista de pelo corto. Cuando se tiñó, se tiñó por el barrio, por el potrero y por el bien del fútbol. El burro no coge por lindo, la imperfección perfecta, reclutador de enemigos, el asador de un grupo, el rompedor del iceberg, el titanic que no se hundió jamás, el que se va con una gorda de la mano del boliche a plena luz del día; el que pegan en los talleres mecánicos al lado de una Contratapa del diario Popular, el que lloran las abuelas cuando están lejos, el que jugaba bien al voley, el que juega con negras al ajedrez, el militante del se puede, el que lleva la sonrisa como bandera, el culón, el perro de caza del gol, el argentino de boca de todos -y hasta de Tití Henry-. El que deja una grieta tan grande que un tipo como yo no va a tener tantas ganas de mirar un partido de fútbol un domingo cualquiera.
pd: en La serlumpenhoy -revista platense- se viene una apología que hice para Martín. En Julio sale en toda La Plata.

lunes, 30 de mayo de 2011

La libertad es un Moreno


Quise pensar en la Revolución de Mayo y pensé en Mariano Moreno

Ese día él y sus tripas echaban fuego. Viajaba a Europa en una excursión póstuma encomendada por el presidente de la Primera Junta Cornelio Saavedra. Su cuerpo anunciaba tragedia y sería arrojado al mar envuelto en una bandera inglesa a kilómetros de la costa brasileña de Santa Catarina. Tenía 33 años, una mujer guapa llamada Guadalupe, un hermano de sangre – de nombre Manuel- y dos hermanos revolucionarios -Castelli y Belgrano-, un diario llamado La Gazeta de Buenos Aires y un sueño perdido: la libertad de un país suyo, criollo y aborigen, que soñaba con una patria bien grande e inclusiva.
Mientras, del otro lado del mar, Guadalupe lloraba en la ventana de su segundo piso porteño. Miraba un Buenos Aires lluvioso y londinense que anunciaba tragedia. Sabía -o intuía- que el chaparrón era veneno: un charqui de la Primera Junta le había dejado una encomienda con un abanico de luto, un velo y un par de guantes negros para que enviudara en sus cuatro paredes a su marido. Que se arreglase como pudiera. Y que eso -que todavía no era un país libre- sólo le ofrecía plegarías para llorar.
Al unísono el arsénico mataba a la verdadera revolución.
- Manuel… tengo las piernas flácidas. Mi cabeza hierve en silencio. Siento que una brasa caliente recorre mis vísceras. Creo que mi cuerpo no aguantara otra noche en alta mar.
- ¿Qué has tomado?, Mariano. ¿Quién ha venido a verte a tu alcoba?- pregunta exasperado su hermano Manuel Moreno enfundado en su traje diplomático al borde del catre dónde reposaba su hermano.
- El capitán de la navegación...me dio una medicina…para calmar mis vómitos- dijo Mariano Moreno con una voz sin fueye que venía de las tinieblas.
- Hijo de puta. Mejor dicho: hijos de puta. Saavedra lo planeó todo.
- Lo sé. Siempre supe jactarme de los hijos de puta. A Saavedra… no le interesa un país libre… No le interesan los pueblos originarios… No desea levantar los cimientos de una sociedad provechosa que tenga lugar para todos los que quieran trabajar la tierra-dice Mariano Moreno con los ojos acuosos y cansados.
- Saavedra es un mercenario. Saavedra quiere su propia corona y no una patria libre.
- Yo no he visto llorar a Saavedra por su tierra. Yo he visto llorar muchos hombres por la infamia con que se les entregaba; y yo mismo he llorado más que otro alguno, cuando a las tres de la tarde del 27 de junio de 1806, vi entrar a 1.560 hombres ingleses, que apoderados de mi patria se alojaron en el fuerte y demás cuarteles de la ciudad
- Lo sé. Lo vi. Estuve allí mismo. Sentimos el orgullo de la libertad bien en el pecho. Ese es el camino a tomar- dice Manuel casi arrodillado al borde del catre. Más triste. Más solitario y final.
- Yo creo que… en la medida que… seamos, una vez, menos partidarios de nuestras envejecidas opiniones; tengamos menos amor propio; dése acceso a la verdad y a la introducción de las luces y de la ilustración: no se reprima la inocente libertad de pensar en asuntos del interés universal; no creamos que con ella se atacará jamás impunemente al mérito y la virtud, porque hablando por sí mismos en su favor y teniendo siempre por árbitro imparcial al pueblo, se reducirán a polvo los escritos de los que, indignamente, osasen atacarles- dice un Mariano Moreno lúcido pero lúgubre en las penumbras de su cuarto. Mientras el barco bambalea y sus tripas se contraen. Ya con fiebre, con el cuerpo empapado en sudor, los puños apretados como en batalla suelta su última puñalada con la boca: “sólo una cosa Manuel… las palabras tienen más filo que la propia espada. La espada sin la idea es apenas una daga inofensiva. No seamos los mejores, simplemente seamos libres”, dice Moreno y rompe a llorar como un hombre. Y mientras llora se queda dormido para siempre.

Por Matías Kraber

martes, 12 de abril de 2011

La pequeña Japón argenta


Diario Miradas al sur Año 3. Edición número 139. Domingo 16 de enero de 2011
Escrita por mi amigo-colega Ulises Rodríguez

En Colonia Urquiza, cerca de La Plata, vive la mayor comunidad nipona de nuestro país. Mantienen vivas sus tradiciones con templos y escuelas y producen el 80 % de las flores que se venden en Argentina

El paisaje es un campo de 700 hectáreas minado de invernaderos. Los más alejados parecen iglús. Una tranquera, la casa adelante y los invernaderos, siempre los invernaderos. Es la hora de la siesta y no anda un alma, no vuela una mosca. La avenida principal, la 186, resultaría angosta en cualquier ciudad, no en Colonia Urquiza: el lugar donde vive la mayor comunidad de japoneses del país y donde se producen el 80 por ciento de las flores que se venden en Argentina.
Para llegar desde La Plata hay que atravesar toda la ciudad, unos 20 kilómetros hacia el oeste. Es tan alejado del centro de la capital provincial que el platense medio toma como referencia el hospital neuropsiquiátrico de Melchor Romero –“el loquero”–, lo que ellos consideran “el fin del mundo”. Colonia Urquiza vendría a ser, entonces, “el culo del mundo”.
No hay baches ni pastos altos. Las calles están numeradas en carteles de madera y las palomas arrullan en concierto. Los primeros nipones llegaron en 1961 y hoy son más de 300 familias, que ya van por la tercera generación. Lo curioso es que entre la mayoría de ellos existe algún tipo de parentesco: primos, cuñados, sobrinos, nietos, etcétera.
El club de la Asociación Japonesa y la escuela Nigonho Gakko, de idioma y cultura nipones, son áreas casi exclusivas para los asiáticos. Paraguayos, bolivianos y unos pocos argentinos completan la población. Un almacén-carnicería y mercería, un ciber-locutorio-librería, un pool con olor a empanadas fritas, birras, reguetón, fonola y canchita de fútbol en el patio son sitios poco usados por los orientales. El punto de encuentro entre unos y otros es la escuela primaria 57, la salita de primeros auxilios y los supermercados Asahi y Hatanaka. Como el Señor Miyagui. Cada tanto aparece un caminito de tierra a los costados. Al fondo de uno de esos, en el 482, vive el sensei Hiroshi Yazuhara: uno de los maestros más viejos de la Colonia. Nació en la isla de Tokio y llegó a esta zona a los 17 años. Vino con sus padres y un hermano, en 1965, cuando los asiáticos no eran más de cien. Es floricultor, como la mayoría de los japoneses.
–Mi hijo de 32 años, el mayor, se encargará del negocio. El otro está en Buenos Aires y se dedicó a estudiar. No le interesa el negocio familiar.
Yazuhara habla pausado. Medita antes de cada frase y se pasa los dedos por su barbita candado, como lo hacía el señor Miyagui en Karate Kid. Tiene 62 años y en la Colonia lo conocen todos. Hoy da clases, una vez por semana, en el Centro de Estudios Japoneses de la Universidad de La Plata.
–Cuando llegamos eran casi todas familias italianas que estaban de la época de Perón. Japón todavía estaba mal por la guerra. El gobierno argentino quería poblar la zona y que produjéramos verduras frescas. Lo hicimos al principio, pero con el negocio de las flores nos fue mejor.
No se equivocaron los orientales cuando apostaron al cultivo de rosas, claveles, crisantemos, fresias, gerberas y lilium. Tienen toda una estructura armada: las siembran, las cosechan, las empaquetan y las venden en el mercado o en florerías. De fondo se escucha el motor de una bomba de agua. La red de agua corriente y las cloacas son promesas incumplidas por intendentes platenses de uno y otro partido.
–Estamos acostumbrados a que todo llegue tarde. La luz vino en el ’75 o ’76. El teléfono en el ’89 y el arreglo de los caminos nunca. Siempre fuimos los japoneses los que pagamos obras de asfalto y mantenimiento, entonces la municipalidad se hacía la desentendida. Segunda generación. Sobre la avenida y la esquina 482, frente al boliche de la fonola, está el club de la Asociación Japonesa. En la puerta, sentados a la sombra, conversan Keizo Shimoyama, el presidente; Kimio Sakaguchi, el secretario, y Kazutoshi Ichikawa, el tesorero. Ninguno de los tres llega al metro setenta. Se presentan y saludan con un apretón de manos.
–Irashaimase –dice Kimio, que lleva puesta una remera del Festival de Jesús María 2006. “Significa ‘bienvenido’ en japonés”, aclara y se ríe en un gesto de dientes para afuera y ojos cerrados.
Los tres vinieron a la Argentina de niños y –obviamente– se dedican a la floricultura. Con el rostro lampiño y sin transpirar una gota a pesar del calor húmedo, Keizo dice a su modo: “Nosotros debería ser capital de la flor. Escobar es todo maceta. Hoy están muy lejos de nosotros”. Los tres coinciden con el presidente y lo discuten en japonés, mirándose a los ojos, como para que no queden dudas.
Kazutoshi, el tesorero, es el que menos habla pero el que mejor maneja el castellano. Mas morocho que sus compañeros de comisión sirve Sprite en vasos térmicos. Su intervención en la charla es para enumerar, con los dedos, las actividades deportivas del club: fútbol, atletismo, ping-pong, béisbol y crocket “para los viejos”.
El día en la colonia empieza a las siete. Y en verano, como amanece más temprano, lo hacen con la salida del sol. Los empleados de los japoneses son bolivianos o paraguayos: “Argentino no quiere trabajar la tierra”, dice Keizo.
A 200 metros del club están los invernaderos de Keizo. Invita a recorrerlos. En la parte de adelante del terreno está el chalet donde vive con su mujer y sus dos hijos. Al fondo los invernaderos. En esos habitáculos de grueso nylon transparente se vive otro clima. El aire se respira caliente y perfumado. En una tarde típica de enero se superan los 50 grados allí adentro. Un tipo apenas más alto que una planta de rosas recorre los surcos. Cada tanto se agacha y arranca los pastitos.
Keizo pertenece a la segunda generación de japoneses de la colonia. El cultivo lo aprendió de sus padres. Y el negocio es una herencia familiar. Con 56 años sus costumbres se mezclan entre el arroz y la carne. Toma mate –mucho tereré–, es hincha de Boca y se define “mejor asador que un criollo”.
El arroz es sagrado en sus comidas. Los ancianos lo comen con palitos y prefieren el pescado y las verduras de sus huertas antes que un asado. “Si fuera por mis hijos comeríamos carne todos los días pero mi padre no quiere saber nada”, cuenta Kazutoshi, el único de los tres que tiene vivo al papá.
Muchas de las casas tienen conexión a Internet y Direct TV. De esta manera pueden escuchar radio y ver canales japoneses como la señal NHK. Kazutoshi dice que a los viejos no les gusta mirar otra cosa. Entre ellos y con los más viejos hablan en japonés. Con sus hijos lo hacen en castellano, salvo cuando se enojan y los retan en su lengua para no perder tiempo pensando en lo que van a decir. La escuelita. E n un edificio vecino al club, con portón de rejas y lleno de ventanas de aluminio está la escuela japonesa Nihongo Gakko. Allí siete maestras les enseñan a 93 chicos el idioma y las costumbres de la cultura nipona. Los alumnos tienen entre 6 y 17 años y, desde el 2002, se les permite la entrada a otros niños que quieren aprender el idioma y no son hijos o descendientes de japoneses. Las primeras siete familias que llegaron a la Colonia, en 1962, tuvieron en claro la importancia de preservar el idioma y las costumbres con las nuevas generaciones. La familia Ishihara prestaba su casa y un grupo de mujeres se dedicaba a la enseñanza de historia, geografía, música y, por supuesto, el japonés. Los chicos llegaban a caballo, en bicicleta o a pie. En 1969 Nihongo Gakko se fundó de manera oficial. Pasaron 20 años para inaugurar el edificio actual. El objetivo de los alumnos es aprender a hablar y escribir bien y así lograr una beca para viajar a Japón. Varios de ellos quieren conocer a sus parientes y a otros les atrae la idea de vivir en el país de sus abuelos. Por eso en Nihongo Gakko no dejan nada librado al azar y les enseñan a usar los palitos para comer arroz. Tercera generación. En el documento figura como Florencia Takahashi. En su casa la llaman Ichico: Primera Hija. Los compañeros de la escuela le dicen Taka. Lleva remera violeta, jeans ajustados, zapatillas All Stars y reproductor de MP3 en el bolsillo. Con una cara redonda y blanca como la luna, a los 16 años representa a la tercera generación de japoneses de Colonia Urquiza.
Estudia en un colegio secundario de la localidad de El Pato, en Berazategui. Hija de floricultores, su papá nació acá y su mamá en Paraguay. Tiene dos hermanos: Ichiro –Primer Hijo–, de 9, y Aiko –Niña Amorosa–, de 15. No sale a bailar a boliches, prefiere las fiestas de la juventud que se hacen en la colonia cada 15 días.
–¿Qué es lo que más te atrae de la cultura japonesa?
–Me gusta el dorama: son telenovelas de allá que duran 15 minutos. También el animé. Todo eso lo bajo de Internet.
–¿Qué música llevás en el MP3?
-Reguetón, cumbia y algo de enka: vendría a ser como el folklore japonés. Mis amigas escuchan pop japonés, es bastante tranqui.
Con los cachetes colorados de vergüenza, dice que todavía no tiene novio y aclara que cuando se enamore no le va a importar si es argentino o hijo de japoneses: “Hay quienes no se quieren poner de novio con alguien que no sea de descendencia japonesa para no mezclarse”. Cuando termine la secundaria los anhelos de Florencia son viajar a Japón (tiene tíos, un abuelo y primos) y estudiar algo relacionado con la matemática. Todos sus amigos planean una carrera universitaria. Con jóvenes como ella las tradiciones en la colonia están aseguradas. Lo que no está del todo definido es quiénes trabajarán la tierra y venderán las flores en el futuro.

Por Ulises Rodríguez

miércoles, 9 de marzo de 2011

Pensar un 8 de marzo



A las mujeres que quiero y admiro

Pienso que son imprescindibles. Que tienen las riendas. Que –aunque muchas lo ignoren- son todo espíritu. Que me enamoraré una y mil veces de su capacidad de encandilarnos. De pegar un flechazo imprevisto. Que rompen con lo estático. Que el mundo las espera. Que tienen que subirse al escenario y volverse protagonistas. Que vienen a poner el corazón primero, y luego pensar en consecuencia. Que no tienen que rendir ninguna cuenta. Que son las dueñas de las sorpresas. Que son el inciso que le falta a la Historia en mayúscula. Que cuando ríen las tuercas se aflojan. Que tienen seis sentidos. Que el cambio- si se escribe- se escribe en femenino. Que al planeta -y al país- le hacen falta ovarios bien puestos. Que Evita, Juana Azurduy, Tita Merello, Alicia Moreau de Justo, Salvadora Medina Onurbia, Victoria Ocampo y tantas otras eran mujeres y argentinas con el orgullo de la palabra bien en el pecho. Que se quedaron acá, se mancharon con sangre, se llenaron las rodillas de barro y putearon y patalearon hasta desangrarse para que triunfe el amor. Y a ustedes, las hijas, las madres, las abuelas, las amigas, las parientes les toca asumir el riesgo. Soltar todo y largarse.
No sé porqué pero pienso en hoy, en 8 de marzo, en el día de ustedes las mujeres y se me viene una guitarra que arpegia Victor Jara y Te Recuerdo Amanda. Tal vez personifico las mil caras de mujeres que archivo bien adentro, con el nombre Amanda. Tal vez Amanda se llamará mi hija o tal vez Amanda se llama mi vieja, mis amigas y todavía no lo saben. Pero bueno, creo que es hora que lo sepan. Es la hora justa para que lo vayan sabiendo.
"La vida es eterna en cinco minutos"


Aqui Victor Jara y su temazo para verlo
http://www.youtube.com/watch?v=GRmre8ggkcY

miércoles, 26 de enero de 2011

Un viaje bien al revés


Pequeña serenata a María Elena Walsh,
publicada en la revista Tiempos del 16/01/2011


En sus tiempos donde había tiempo ella cambió el reino. Lo puso patas para arriba para que entendiéramos, antes del acné y la pubertad, que la Historia podía estar manoseada. Corrida de lugar y con nariz de pinocho.
Yo la conocí con un guardapolvo a cuadrillé celeste y blanco, en un rincón del salón de actos, con mis compañeritos, sentados como indios en semicírculo alrededor de un piano que tocaba “la señorita Silvia” mientras con voces de gorriones repetíamos: “me dijeron que en el Reino del Revés, nadie baila con los pies, que un ladrón es vigilante y otro es juez, y que dos y dos son tres”, y nos poníamos tristes cuando el timbre de la portera terminaba con la hora de música.
Después mi abuelo se apareció con una enciclopedia infantil que comenzaba a venir los días miércoles junto a Página/12 pero a General Alvear- centro de la provincia de Buenos Aires- llegaba con algunos días de retraso. “Es María Elena, la misma que canta Manuelita vivía en Pehuajó, el Reino del Revés... te va a gustar”, me dijo y yo que apenas empezaba a adivinar las palabras escritas me zambullí en las páginas de colores del “Veo Veo” con la ansiedad y el vértigo de empezar a descifrar el mundo.
Creo que pasaron 10 años más. Yo más alto, barba, la cara llena de granos y la voz más gruesa me propuse hurgar en los viejos casete de una pila de cajas de cartón que tenía almacenado mi viejo en los placard que jamás revisábamos con mi hermano. Ahí di con un viejo TDK sucio, que patinó apenas le di play, pero luego se enderezó: “Tantas veces me mataron, tantas veces me morí, sin embargo estoy aquí resucitando”, cantaron a coro mi viejo y su amigo Rubén en una cinta de los ochenta, grabada un año después de Malvinas con su grupo de folclore “Las 5 voces” que por aquel entonces cantaba en los actos del pueblo, giraban por la provincia y hasta saltaron el charco a Uruguay. Terminó la canción y fue otro timbrazo de jardín porque la canción fue como un ventarrón que despeina, una cachetada, la electricidad que produce la chica que nos gusta cuando entra de sopetón al bar donde estamos tomando algo. Llegó mi viejo del trabajo y lo atolondré a preguntas: “¿Y éste casete?, ¿y está canción?, ¿de quién es?”, “es de María Elena Walsh, fue prohibida por los milicos en la dictadura, y ahí la grabamos con el conjunto en un estudio de Saladillo”, dijo mi viejo y me quedé mudo porque no podía creer que la misma mujer de voz tierna que cantaba sobre una tortuga viajera, haya creado una canción que se convirtió en el himno de la resistencia en tiempos del Proceso Militar.
Y ahí estábamos los dos, contentos por haber jugado en la misma calesita del tiempo, y asombrados por descubrir que fuimos a ver el mismo Reino del Revés.

Por Matías Kraber